El ocaso de los tiempos (capítulo 2)
Al día siguiente, me desperté solo en la cama. Sobre la mesita de noche encontré una nota que decía: “Han llamado del hospital, tu madre ha muerto está madrugada. Se ha suicidado. Vendré al mediodía. Un beso. Laura.” Me cogió un ataque de risa. Era una risa histérica. Cuando me calmé, preparé las maletas y esperé a que Laura llegara. Se presento unas horas más tarde. Llevaba una maleta encima. Al abrir la puerta me dijo:
- ¿Qué?, ¿nos vamos?
Antes de llegar a la estación, hice parar el taxi delante de un supermercado y fui a comprar dos botellas de vino. Aun no habíamos decidido a donde iríamos pero quedó claro que el viaje iba a ser largo. Una vez en la taquilla, resolvimos que Barcelona sería nuestro destino. De París a Barcelona había unas doce horas aproximadamente y nuestros orígenes españoles habían pesado en la decisión. Viajamos en primera clase. Dejamos las cosas en el camerino y nos dirigimos al bar. Pedimos un par de vasos y empezamos a beber. A nuestra izquierda una pareja de jóvenes discutía cual iba a ser el itinerario que seguirían para visitar la ciudad, y justo al lado de un hombre con sombrero, un chico observaba como se removía el café al hacer girar la cuchara. Pedimos algo para comer.
- Sabes, Fred, al llegar podríamos buscar trabajo en alguna revista. De hecho, yo puedo ser fotógrafa.
- Está bien. Yo ya veré.
- No sé, aprovechemos las circunstancias. Bien que hemos huido pero de todo lo malo se puede sacar algo positivo, siempre.
El hombre de sombrero bajó el periódico y empezó a mirarnos.
- Sí. Pero ya veré lo que hago, de momento tenemos dinero para poder aguantar un año o dos si apuramos. Quizá quiera volver a pintar.
- Tu pintor y yo fotógrafa, vaya par…
Seguimos bebiendo. Laura estaba contenta. Le esperaba una nueva vida y eso le ocupaba todo su tiempo. A mí en cambio empezaba a pesarme la culpa. Parecía que la desgracia nos estaba persiguiendo. Cansado de ver de reojo que el hombre de sombrero no nos perdía de vista, le saludé y le invité a sentarse con nosotros. Vino sonriente.
- Hola, me llamo Pierre.
- Ella se llama Laura y yo, Fred.
- ¿Española? – le preguntó.
- Sí. Los dos nacimos allí, aunque llevamos viviendo en París desde hace largo tiempo.
- Bien, ¿y que os trae de vuelta?
- Nada. Vamos durante una temporada, hasta que nos volvamos a cansar. – contesté amable.
- Bien. Os he escuchado antes y me ha parecido oír que eres fotógrafa, ¿verdad?
- Sí. En París era más un hobby que un trabajo.
- Pues yo tengo una pequeña revista. Si quieres, quedamos un día y me presentas tus trabajos.
- Está bien.
- ¿Y usted, fred, a que se dedica?
- A nada. – dije irritado. Me había molestado que a mi me hablara de usted y a ella de tu.
- Es pintor. – dijo ella.
- ¡Oh, que bien! Seguro que en Barcelona encuentra oportunidades, es una ciudad muy inquieta. – sonreí – Bueno aquí os dejo mi tarjeta, llamadme para cualquier cosa. Buenas noches.
Se acabó la copa y se marchó. Pierre no me había convencido demasiado, pero podría sernos de gran ayuda durante los primeros meses en Barcelona. Nos acabamos el vino y fuimos a dormir. Nos despertaron con un golpe en la puerta. Ya habíamos llegado. Bajamos y cogimos un taxi. Le dijimos que nos llevara a un hotel cerca del centro de la ciudad. El recepcionista del hotel nos propuso una habitación de matrimonio pero yo salté con un: “no, mejor dos habitaciones contiguas.” Laura me miró desafiante.
- Poco a poco. Lo prefiero así. – le respondí.
- Eres un crío.
Nos llevaron a sendas habitaciones y nos ordenamos en ellas. Al cabo de un rato picaron a mi puerta y me trajeron una nota de Laura: “Me he ido a dar una vuelta por la ciudad. Vuelvo de aquí un rato. Descansa. Un beso. Laura.” Siempre hacía lo mismo.
FIN (continuará)

0 Comments:
Post a Comment
<< Home