La habitación desprendía un ligero olor a lejía perfumada. La cama estaba empotrada en la pared, justo en el centro. Parecía una extensión de las dos mesas que había a cada lado. Empecé a sentir un fuerte ahogo. Enclaustrado en una habitación insulsa, desubicado, giré la cabeza en dirección contraria y unas enormes ventanas se descubrieron ante mí. Las abrí. El aire húmedo de Barcelona me soplo sobre la cara. Sabía que quería decir todo eso. Cogí una silla y me senté. Me quedé observando las vistas. Los recuerdos regurgitaban sobre mi estabilidad. Me quedé inmóvil. Una lágrima cayó lentamente. La sequé. Decidí marcharme de allí. No quise coger un taxi, así que intenté averiguar como podía desplazarme. No tuve demasiada suerte y acabé en la calle Paralelo. Sí, yo quería una pequeña calle que me invitará a un sentimiento de familiaridad, no una pequeña autopista sin final aparente. Caminando rumbo a los complejos Apolo me topé con un hombre que arrastraba una carreta llena de basura. Me pidió un cigarro. Se lo di. Su semblante descuidado y tremendamente imperfecto me produjo cierta paz. Caminaba con paso torpe sin saber muy bien a dónde. Me cayó simpático y le propuse ir a tomar una cerveza juntos. Acepto la invitación.
- Bien, ¿y usted como se llama? – preguntó
- Fred, ¿y usted?
- Guillem, a su disposición. – hizo una reverencia y sonreí.
Caminamos en dirección al bar que había en la siguiente esquina.
- Me alegro de que vayamos a ese puto bar, con usted me dejarán entrar. – dijo
- ¿Cómo?, ¿No le dejan entrar solo?
- No, se creen que soy un quinceañero con ganas de beber… Debe ser eso. – y soltó una carcajada.
Íbamos lentos, aunque ninguno de los dos tenía prisa. Se dispuso a explicarme su vida de médico paranormal, capaz de atisbar el aura vital de los enfermos y muchas otras cosas que no recuerdo, sucesos que le habían llevado a ese estado en que existía. Encontré gracioso que tras su aspecto se escondiera un gran cuenta jácaras. Las cervezas se sucedieron una tras otra y en un momento dado le dije:
- Mi hermano me enganchó en la cama con su mujer y al abalanzarse sobre mí cayó por la escalera. Se mató. Esa misma noche mi madre se suicidó, y ahora me he venido a Barcelona con la viuda de mi hermano.
- Es usted mejor que yo con las historias.
- Si, debe ser eso. – dije, levantando la copa.
Acabamos nuestros últimos tragos y nos fuimos. Me despedí de él y me dio un pequeño juguete de playmobil como moneda de cambio de las cervezas. Me dijo que me daría suerte. Tomamos caminos opuestos. Dado que mi estado alcohólico era bastante acentuado, me dispuse a buscar un lugar donde seguir bebiendo. Pregunté a un par de personas a dónde podía ir y acabé en Plaza Real. Ese sitio es el centro neurálgico de la noche. La mezcla de nativos y extranjeros es tal, que ya no sabes si hablar castellano o directamente ponerte a hablar en inglés. Fui a un local llamado Sidecar. Me dijeron que pinchaban buena música. Lo cierto es que el local era un antro de techo bajo, pero me gustó. Si no fuera por aquel círculo que se creaba en la entrada de artisteo barato, de músicos dados a una nueva visión de sí mismos, con los que intercambiaban risas y conversaciones sobre sus proyectos mientras cruzaban miradas con las mujeres que les rodeaban, algunas de manera anecdótica y otras planteando estrategias para conseguir el favor de uno o de otro. Las primeras solían ser interesantes, incluso en ellas había sinceridad. Las segundas en cambio se paseaban de un lado a otro mostrándose al más puro estilo animal, como si fuera un documental del apareamiento humano. No les importaba nada; porque ellas se reían igualmente, se interesaban porque así lo habían decidido antes. De hecho, en un momento dado, me vino una mujer y me pidió fuego. No sé que coño le pasó por la cabeza cuando se lo dí, pero me dirigió una mirada seductora y me dijo: “me ha llegado al corazón.” Yo respondí: “no digas chorradas.” Entonces tuvo una reacción algo extraña. Primero sonrió y después se volteó enfadada. Al cabo de un rato, retornó hacia mí.
- ¿Cómo te llamas? – me dijo
- Fred.
- Yo, Cristina. Encantada. – y me dio dos besos. – Has estado un poco borde antes. – afirmé con la cabeza.
- Lo siento. – dije
- ¿Qué edad tienes?
- 28
- Yo tengo 24.
- Y vas por ahí diciendo que te ha llegado al corazón cuando te dan un mechero. ¿A tu edad? – cambió su cara de golpe – Lo siento es que estoy algo agobiado. Te invito a una copa.
No es que hubiese dejado de creer que era idiota sino que, mis necesidades carnales, se antepusieron a todo lo demás. Todo aquel documental me había excitado. Quieras o no, somos hombres, personas y estos juegos afectan. Por una parte, no debía haber hecho todo lo que siguió a la invitación. Pero por otra, necesitaba descargar, liberarme de todo aquel peso que estaba soportando desde que me marché de París. Sí, debía redimirme. Fuimos juntos al hotel y estuvimos follando toda la noche. Le pedí que gritara y eso le excitó. Yo a cambio me esforcé al máximo en hacer de aquello una gran noche de sexo. Laura estaba en la habitación contigua y lo escuchó todo. Escuchó cuando la coloqué a cuatro patas y empecé a penetrarla con nervio mientras ella daba golpes a la pared, berreando. Escuchó, también, cuando al día siguiente en la ducha, la alcé con los brazos y empezamos el coito mientras le mordía los pezones. Lo escuchó todo, y yo lo sabía pero me era imposible frenarlo, no podía. A la tarde siguiente picó a mi puerta y me dijo:
- Fred, ¿vamos a cenar fuera?
Todo se había recolocado en mí, y eso parecía que le hacía feliz. Aunque durante toda aquella noche no pararon de brillarle los ojos. Me pregunto si esas lágrimas que no acababan de caer, que sufrió ella misma, eran de odio o no. Estoy seguro de que sí.
FIN